¿Es ciencia o poesía?: metáforas en la ciencia

El estereotipo dicta que la actividad científica debe ser racional, desapasionada, objetiva. Por ello, puede sorprender -incluso a parte del colectivo científico- la importancia que tienen las metáforas en la ciencia (Marcos, 2012). Las metáforas implican una buena dosis de fantasía, imaginación y hasta humor, que no se asocian tan habitualmente con el quehacer científico. No obstante, el uso de metáforas en ciencia es tan habitual que pasa inadvertido al público general y, a veces, a la propia comunidad científica. En biología las hay de todo tipo, desde nicho ecológico, red de interacciones o árbol filogenético a algunas que rozan el misticismo como salud de los ecosistemas o jugar a ser Dios.

Podría torcerse el gesto ante el uso de metáforas en la ciencia y argumentar que sólo proporcionan una descripción verbal de las cuestiones, por lo que es preferible una formalización matemática. Pero eso sería no entender el papel de las metáforas científicas, pues no son meros modelos verbales. Olson et al. (2019) señalan dos funciones muy importantes de las metáforas: (1) su valor inspirador a la hora de conceptualizar o expandir problemas científicos y (2) su capacidad para ligar marcos conceptuales o perspectivas muy separadas, debido precisamente al modo tan general en que suelen estar formuladas.

Las metáforas también tienen sus limitaciones e inconvenientes. Olson et al. (2019) señalan tres. En primer lugar, dirigen la atención hacia determinadas partes del problema, a riesgo de hacer invisibles aspectos que pueden ser relevantes. Por ejemplo, los árboles filogenéticos pueden hacer olvidar los casos de evolución reticulada. En segundo lugar, la forma tan general en que se plantean las metáforas puede convertirlas en “no conceptos”, o sea, conceptos que engloban tantas posibilidades que no son útiles, pues pueden acomodar escenarios opuestos o incompatibles. En tercer lugar, el uso de metáforas puede conducir a la cosificación, es decir, a hacer pensar que entidades imaginarias son reales. Eso es lo que opina sobre los enlaces parte de la comunidad científica que trabaja en redes de interacciones. Los inconvenientes de las metáforas pueden ser peliagudos cuando se utilizan para transmitir conocimientos científicos al público (Pauwels, 2014).  Por ejemplo, se ha criticado el uso de lenguaje bélico en la gestión de especies invasoras (Larson, 2005).

Las metáforas seguirán utilizándose en la ciencia. Por ello es especialmente inspiradora la aproximación de Olson et al. (2019), pues ofrece una herramienta para hacer explícitos los pros y contras  de su uso en la ciencia pura o aplicada. Una metáfora será fructífera si tiene un alto poder evocador. Además, debería poder “bajarse a tierra” y ser expresada en términos más concretos -operativizarse o, como señalan Olson et al. (2019) parafrasearse en un lenguaje más terrenal-. También debe ser posible reconocer sus límites de aplicación, de modo que quede claro cuando su uso se hace insostenible -lo que Olson et al. (2019) denominan “sillines” (estupidez). Olson et al. (2019) sugieren que las metáforas en ciencia pura tienen más poder evocador y debe dárseles más margen para extenderse más allá de su uso original, mientras que en ciencia aplicada debe estarse más alerta acerca de su dominio de aplicación conceptual. Después de todo, el uso de metáforas en la ciencia puede tener un toque poético o de creatividad, pero no deja de requerir su dosis de pensamiento racional y objetivo.

Referencias

Larson, B. M. H. (2005). The war of the roses: demilitarizing invasion biology. Frontiers in Ecology and the Environment 3: 495-500.

Marcos, A. (2012). Metáforas de la vida y vida de las metáforas. Investigación y Ciencia 430: 46-47.

Olson, M. E.; Arroyo-Santos, A.; Vergara-Silva, F. (2019). A user’s guide to metaphors in ecology and evolution. Trends in Ecology and Evolution 34: 605-615.

Pauwels, E. (2014). ¡Cuidado con las metáforas! Investigación y Ciencia 451: 8-9.

¿Se aprende a manejar datos en la universidad?: solo si se da la oportunidad

Un objetivo de cualquier país avanzado es fomentar una sociedad con alto nivel educativo. Un componente muy importante de dicha educación es la capacidad de analizar e interpretar información numérica, o “datos”. Idealmente, esa capacidad se adquiere, en distintos grados, en la educación básica y debería desarrollarse en la enseñanza universitaria. No obstante, parece extenderse la impresión de que la universidad está bajando su nivel de exigencia y hasta se habla de una universidad light (Esteban Bara, 2019). Esteban Bara (2019) defiende que la universidad debería dejar una huella positiva en la formación profesional y personal. Un país avanzado no puede permitirse el lujo de que sus estudiantes pasen por la universidad y no parezca que la universidad haya pasado por sus vidas.

La capacidad de analizar e interpretar información numérica (data literacy) preocupa en el ámbito académico universitario (Gibson & Mourad, 2018). Una forma de abordar la adquisición de esta habilidad es el desarrollo de rúbricas. Gibson & Mourad (2018) proporcionan un listado de capacidades básicas, medias y avanzadas, desglosadas en cuatro aspectos: registro de datos, cálculo, interpretación y comunicación (Tabla 1). Un vistazo a la Tabla 1 indica que un nivel de exigencia realista pasaría por alcanzar un nivel medio tras completar los estudios universitarios. El nivel avanzado parece más adecuado, al menos para la mayor parte de los aspectos, para estudios de doctorado.

Tabla 1. Grados de capacidad de análisis e interpretación de datos (modificado de Gibson & Mourad, 2018).

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Gibson & Mourad (2018) tienen muy claro qué se debe entender por data literacy pero no tanto cómo fomentarla, más allá de incluirla por todos los medios posibles en los planes de estudio: asignaturas y, sobre todo, muchas prácticas. Y aquí entra de nuevo la sombra de la universidad light. La modificación de los estudios universitarios ha implicado, entre otras cosas, la necesidad de realizar un trabajo de fin de grado. Pero las distintas tradiciones académicas discrepan en si debería o no ser obligatorio y cómo debería articularse su realización. Incluso dentro de las disciplinas académicas experimentales se han dado directrices, procedentes de la legislación, de que el trabajo de fin de grado no debería ser un trabajo de investigación. Sin entrar en polémicas semánticas sobre cómo interpretar “investigación”, parece evidente que el trabajo de fin de grado de las disciplinas experimentales es una oportunidad de oro para desarrollar y comprobar la adquisición de capacidades de análisis e interpretación de datos. No deberían esgrimirse directrices legislativas para escatimar oportunidades de aprendizaje a las futuras generaciones de profesionales.

Se puede tener más o menos osadía al proponer trabajos de fin de grado, para cumplir las directrices. Pero para evitar que los estudios universitarios parezcan cada vez más descafeinados y bajos en azúcar, una buena opción son los trabajos de fin de grado que afronten problemas novedosos, supongan desafíos intelectuales y entren en terrenos poco explorados. No, no se trata de “hacer investigación”; en aras de la corrección política, Gibson & Mourad (2018) nos dan la excusa perfecta: se trata de inculcar data literacy en la población universitaria.

Referencias

Esteban Bara, F. (2019). La universidad light: un análisis de nuestra formación univesitaria. Paidós, Barcelona.

Gibson, J. P.; Mourad, T. (2018). The growing importance of data literacy in life science education. American Journal of Botany 105: 1953-1956.

¿Elegir un título que aumenta las citas de tu artículo?

Esta misteriosa pregunta se relaciona con dos temas habituales en esta bitácora: la redacción científica y el pensamiento crítico. En un momento en que hay gran preocupación por conseguir que se lean y citen los artículos científicos que produces, es tentador seguir recomendaciones como la que dan Murphy et al. (2019). Tras un análisis de miles de artículos publicados en revistas científicas entomológicas y ecológicas, concluyen que si el título de tu artículo incluye el nombre científico de tu especie de estudio, tendrás entre un 22 (entomología) y un 47% (ecología) de citas menos que si dicho latinajo no aparece. O sea, no titules tu artículo “Efectos negativos del pulgón Aphis fabae sobre la producción de semillas de Vicia faba” sino “Efectos negativos de un herbívoro chupador sobre una legumbre cultivada” o algo similar. Al parecer, tanto nombre científico en el título puede espantar a muchos lectores no familiarizados con las especies implicadas y hacerles creer que tu artículo tiene un ámbito demasiado especializado y no interesante para un público amplio. En principio, parece una recomendación razonable siempre y cuando, como advierten Murphy et al. (2019), no se caiga en títulos engañosos que den a entender una amplitud temática que el artículo no tiene.

Por bienintencionada que sea, esta recomendación tiene dos problemas. En primer lugar, es especialmente desafortunada para investigadores en etapas iniciales de su formación. Lo que deberían estar asimilando es cómo escribir títulos que indiquen de forma clara, concisa y precisa el contenido de su artículo y no en dar prioridad al interés personal. Sobre todo, porque es relativamente sencillo caer en títulos demasiado amplios que no están a la altura de su contenido. De algún modo, se pervierte la esencia de lo que es dominar una profesión.

En segundo lugar, hace saltar las alarmas de cualquiera con un pensamiento crítico alerta. Ello ocurre al echar un vistazo a la figura principal del estudio, que compara las medias de citas para artículos con o sin nombres científicos (Fig. 1). La dispersión de los datos es tan grande que cuesta apreciar ninguna diferencia entre los dos grupos comparados. De hecho, los porcentajes dados en el texto, 22 y 47%, nunca se acompañan de ninguna medida de dispersión. Pero como aconseja el pensamiento crítico, una media puede ser muy poco indicativa si su variancia es muy alta, que es algo evidente en la figura 1. Lo que sí proporcionan los autores es el porcentaje de variancia explicada por el modelo estadístico: un R2 de entre 0,007 y 0,018. O sea, la presencia o ausencia de nombres científicos en el título explica como mucho un 1,8% de la variación en el número de citas. Eso deja un 98,2% de variación atribuible a cualquier otro factor, como la calidad del artículo o la claridad con la que está escrito. Pero eso no se ha incluido en el estudio. ¿Por qué, con una variación tan ridículamente baja, se obtienen diferencias significativas? Por la sencilla razón de que, con miles de datos, se pueden detectar incluso diferencias triviales. Otra de las máximas del pensamiento crítico es que debe distinguirse entre significación estadística y significación biológica de las diferencias en los datos.

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Fig. 1. Citas obtenidas por artículos con o sin nombres científicos en el título (modificado de Murphy et al., 2019).

En definitiva, conviene no dejarse atraer por cantos de sirena sobre lo que aumenta o no el número de citas. Desde luego, hay aspectos más básicos que cuidar al elegir un título para los artículos científicos y maneras más profesionalmente honestas de lograr que la comunidad científica lea tus artículos: que realmente aporten algo.

Referencias

Murphy, S. M.; Vidal, M. C.; Hallagan, C. J.; Broder, E. D.; Barnes, E. E.; Hornalowell, E. S.; Wilson, J. D. (2019). Does this title bug (Hemiptera) you? How to write a title that increases your citations. Ecological Entomology 44: 593-600.

La larga, y desconocida, historia de las revistas científicas

Si algo enseña la biología evolutiva es que las cosas no han sido siempre iguales, sino que tienen historia. Esto se aplica a casi cualquier ámbito. Por tanto, una persona instruida debería ser consciente de los procesos históricos y cualquier profesional debería conocer la historia de la disciplina en que trabaja. La historia proporciona una visión de cualquier tema mucho más rica y matizada que la mera ilusión de que “esto siempre ha sido así”.

En el ámbito científico, las revistas científicas son el principal medio de difusión de hallazgos y de comunicación entre investigadores. El relato habitual, que viene en cualquier libro de historia de la ciencia, sitúa el origen de las revistas científicas en 1665 (Singer, 1989). En ese momento, la “filosofía natural” -que es como entonces se denominaba la actividad científica- ya había alcanzado un número de practicantes tan alto que los medios tradicionales de comunicación, como la correspondencia personal, comenzaban a ser poco eficientes. Además, se generaba tanto conocimiento que era difícil seguir el paso a todo lo que se descubría. En Francia, Denis de Sallo (1626-1669), en su afán por autoinstruirse, contrató copistas para que extrajesen de la bibliografía las informaciones más relevantes (Singer, 1989). Como pertenecía al círculo de Colbert, fundador de la Academie des Sciences, sugirió que estos extractos se publicasen regularmente. De este modo surgió en enero de 1665 la primera revista científica, el Journal des Sçavants (Singer, 1989). Tres meses más tarde surgieron las Philosophical Transactions of the Royal Society impulsadas por Henry Oldenburg (1619-1677), un alemán residente en Inglaterra, dentro de la Royal Society (Singer, 1989). Aunque ambas revistas comenzaron como una “revisión” de conocimientos recién publicados, pronto pasaron a incluir descubrimientos originales (Singer, 1989). Según esta narrativa oficial, las revistas científicas nacieron en el seno de sociedades científicas y se convirtieron de un plumazo en el modo universalmente aceptado de comunicación científica.

Este relato omite una rica historia relacionada con el asentamiento del artículo científico y las revistas científicas. Por ejemplo, el artículo científico ha sufrido un largo proceso de ajuste hasta llegar al formato actual, con su introducción, métodos, resultados y discusión (Gross et al., 2002; Harmon & Gross, 2007). Además, un libro reciente (Csiszar, 2018) proporciona una explicación detallada del largo y complejo proceso que llevó a las revistas científicas a su estado preponderante como medio de comunicación científica. Csiszar (2018) desmiente el mito de que las sociedades científicas incorporaron inmediatamente y sin reparos la publicación de revistas científicas. En primer lugar, tanto el Journal des Sçavants como las Philosophical Transactions tenían un ritmo de publicación tan lento -a veces, ni un volumen anual- que no podían considerarse revistas periódicas, a diferencia de otras competidoras que pronto surgieron a cargo de académicos particulares o de editoriales privadas. En segundo lugar, las sociedades científicas siguieron pensando hasta comienzos del siglo XIX que la comunicación de hallazgos en las reuniones oficiales de cada sociedad era el modo más conveniente de dar a conocer los avances científicos. Lo que llevó finalmente a las sociedades científicas a editar sus propias revistas con periodicidad mensual fue una mezcla de factores, entre ellos la pérdida de relevancia e influencia que les suponía la existencia de revistas privadas, capaces de adelantarse en la difusión de hallazgos científicos.

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The scientific journal ofrece además una visión histórica de la gestación del proceso de revisión por pares, para garantizar la calidad de lo publicado. Nacido en Francia a finales del siglo XVIII, se exportó a otros países. Hubo diversos modelos, como comités revisores compuestos por miembros de las sociedades científicas, o procesos de votación en las reuniones de las sociedades. Los revisores, a diferencia del proceso actual, se ponían en contacto directo con los autores para asesorar sobre el manuscrito. Curiosamente, las críticas despertadas por las arbitrariedades de este sistema hicieron que cayese en desuso en Europa continental y sólo se mantuvo en Reino Unido y en Estados Unidos. Esto llevó a tradiciones separadas en comunidades académicas diferentes, hasta el punto de que Einstein, al moverse de Alemania a EE.UU. se quejó al ver que sus manuscritos eran sometidos a revisión por pares (Sánchez-Ron, 2015). La revisión por pares sólo se generalizó en la segunda mitad del siglo XX.

Uno de los aspectos más interesantes de este libro es su tratamiento de la interacción entre ciencia y sociedad. En el polvorín sociopolítico e ideológico de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, las sociedades científicas eran vistas por la prensa radical y algunos reformadores sociales como entes al servicio de la monarquía absolutista, o controladoras del conocimiento. De ahí las exigencias de transparencia, que llevaron al nacimiento de una forma de periodismo científico encargado de difundir las decisiones de las reuniones oficiales de las academias. Y también al nacimiento de la divulgación científica avant la lettre (mucho antes del “despegue” de la divulgación científica con el inicio de la carrera espacial; Revuelta, 2011). En los años 20 del siglo XIX proliferaban las revistas que mezclaban la divulgación científica con la publicación de investigaciones originales, hasta hacer el concepto de revista científica muy confuso.

Otro aspecto apasionante es la gestación del concepto de autor. Desde luego, siempre ha habido duelos de egos en el mundo científico, pero en la actividad diletante de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, la aristocracia ilustrada opinaba que publicar hallazgos científicos no era propio de gentlemen. Un número importante de trabajos científicos se publicó anónimamente o bajo pseudónimo. La creciente importancia de las revistas científicas y la necesidad de hacerse responsable de lo que se publicaba cambió esta percepción y dió importancia a la autoría explícita. En este contexto también hubo intensos debates sobre las disputas de prioridad y el papel que la publicación en revistas debía jugar en dirimir tales disputas. Algunos abogaban por asignar la prioridad mediante testimonios, cartas o manuscritos. A ello se oponían los partidarios de que la prioridad la daba la publicación. Pero se enfrentaban al a veces caótico sistema de publicación, que minaba la datación precisa de los artículos científicos.

Un último lado que merece atención es el crecimiento exponencial de la bibliografía científica en el siglo XIX. Este crecimiento tuvo varias consecuencias. La primera fueron los intentos de sistematizar las publicaciones científicas en un catálogo, promovido por la Royal Society, como esfuerzo internacional. Y con el nacimiento de este catálogo se produjeron los primeros ejercicios bibliométricos y de evaluación de la calidad. La segunda fue la necesidad de un sistema postal eficiente que permitiese a la comunidad científica intercambiar eficazmente las revistas científicas, más allá de unos pocos núcleos privilegiados con buen acceso a bibliotecas. En este contexto, a finales del siglo XIX, nacieron los primeros servicios privados de suministro de información científica.

Las revistas científicas han cambiado mucho desde su nacimiento en el siglo XVII. Pero un repaso a su historia revela también que algunos de los debates actuales -revisión por pares, edición de las revistas privada o por sociedades, bibliometría- tienen raíces más profundas de lo imaginado. Conocer la historia puede informar las soluciones a esos debates.

Referencias

Csiszar, A. (2018). The scientific journal: authorship and the politics of knowledge in the nineteenth century. The University of Chicago Press, Chicago, IL & London.

Gross, A. G.; Harmon, J. E.; Reidy, M. (2002). Communicating science: the scientific article from the 17th century to the present. Oxford University Press, Oxford.

Harmon, J. E.; Gross, A. G. (2007). The scientific literature: a guided tour. The University of Chicago Press, Chicago, IL.

Revuelta, G. (2011). Evolución del periodismo científico y la comunicación social de la ciencia en España. Apuntes de Ciencia y Tecnología 38: 18-22.

Sánchez-Ron, J. M. (2015). Einstein, Lorentz, Eddington, Weyl y la relatividad general. Investigación y Ciencia 470: 28-35.

Singer, C. (1989). A history of biology to about the year 1900. Iowa State University Press, Ames, IO.

“Cómo elaborar trabajos académicos y científicos”: la peor guía posible

Con el nuevo marco académico universitario, en el cual es obligatoria la realización de trabajos de fin de grado (TFG) y de máster (TFM), ha aparecido la necesidad de manuales que guíen a los estudiantes en la realización de dichos trabajos y sus correspondientes memorias escritas. La oferta bibliográfica comienza a crecer, pero no siempre de modo acertado. En concreto, “Cómo elaborar trabajos académicos y científicos (TFG, TFM, tesis y artículos)” de Cervera Rodríguez (2019) es la peor guía posible, sin duda. Hay libros que nunca debieron escribirse y, si lo hicieron, nunca debieron publicarse. Cervera Rodríguez (2019) es uno de ellos. El juicio parece demasiado tajante: no lo es.

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En sus 503 páginas, este libro aborda cuatro tipos de textos científicos – TFG, TFM, tesis doctorales y artículos científicos- que requerirían un libro cada uno. De hecho, pueden escribirse varios libros para cada uno de estos tipos de textos, con distintas aproximaciones. Por tanto, la empresa está condenada al fracaso desde su inico, no por la magnitud o ambición de la tarea, sino porque nadie con conocimiento de causa la habría emprendido. Esta es una de las desagradables sensaciones que transmite el libro constantemente: que su autor no domina el tema sobre el que escribe. A pesar de haber hecho su tesis doctoral, escribir artículos científicos y haber dirigido tesis, TFG y TFM (p. 473), da la sensación de que habla de oidas, de no haber asimilado las bases del oficio. Su aproximación desde la lengua española es la peor posible y le impide conectar con la audiencia interesada en este tipo de manuales, a quien poco importa el insistente consejo en que deben usarse “frases enunciativas”, sino que necesita consejos directos y prácticos.

Una gran paradoja de este prescindible libro es que traiciona todo lo que predica. El lenguaje no es claro, sino cargado de innecesarios tecnicismos de linguista: “[…] utiliza un lenguaje objetivo mediante el uso de las terceras personas de los verbos y las oraciones de tono enunciativo […]”. Tampoco es conciso: incurre constantemente en enumeraciones larguísimas y pedantes como “Los escritos responden a funciones comunicativas y sociales variadas según se destinen a narrar, describir, explicar, informar, deleitar, invitar, saludar, etc.” y en repeticiones de la misma información en varios capítulos, desde trozos de texto hasta cuadros completos (p. ej. Cuadro 62 y Cuadro 71). En relación con esta abundante repetición de información, traiciona también cualquier directriz sobre cómo estructurar la información en un texto académico. Finalmente, el libro no acierta con el tono, especialmente si va dirigido a estudiantes, ni da con la clave para transmitir la información clave, de un modo ameno y práctico. El autor se habla a sí mismo, no a ningún tipo de audiencia real. Este libro es incapaz de ayudar a nadie.

Es sorprendente que una editorial de prestigio como Alianza Editorial haya hecho un trabajo tan malo. Nadie parece haber editado este libro pues, de lo contrario, esa repetición constante (se explican los criterios para que un texto se considere un libro en no menos de cuatro ocasiones) y la falta de estructura y de enfoque no habría pasado los filtros de calidad.

En general, cuando se hace una crítica de un libro se eligen obras que tienen algún aspecto destacable y positivo. Libros como este hacen necesario romper esa regla y delatar obras fallidas y a evitar. Si hay que terminar con algún mensaje positivo y alguien se está preguntando: “Entonces ¿qué guía recomiendas?” en este caso la respuesta es sencilla: cualquier otra. Ninguna será peor que esta. En este caso concreto, vale más un libro escrito por alguien con conocimiento práctico de la redacción de TFG, TFM, tesis o artículos, que las divagaciones de un “experto”, por bien que conozca el lenguaje.

Referencias

Cervera Rodríguez, A. (2019). Cómo elaborar trabajos académicos y científicos (TFG, TFM, tesis y artículos). Alianza Editorial, Madrid.

Tolerancia adulta a la lactosa, o la importancia de tener una visión evolutiva

Si quieres transmitir lo importante que es tener conocimientos sobre biología evolutiva, usa el ejemplo de la tolerancia adulta a la lactosa. Tiene todos los ingredientes de una buena historia: países exóticos, intriga, giros inesperados y conexión con tus propias vivencias. Hasta tiene alguna implicación solidaria.

La tolerancia adulta a la lactosa se utiliza para ilustrar la evolución reciente en los humanos (Patin & Quintana-Murci, 2008; Gerbault et al., 2011). Durante el Neolítico, la domesticación del ganado dio acceso a leche y sus derivados (yogur, queso), un alimento que aporta grasas, proteínas y vitaminas a la dieta. No cabe duda de que contar con una fuente más o menos garantizada de leche supuso una mejora en la nutrición de los humanos neolíticos. Pero la leche también contiene lactosa, un azúcar que los humanos sólo pueden metabolizar durante su etapa lactante, con ayuda de la enzima lactasa. La lactasa deja de secretarse tras la lactancia. Antes de domesticar el ganado, el único contacto de los humanos con la leche era el periodo de lactancia, lo cual explica que la producción de lactasa cesase pronto en la vida. Producir enzimas que no tienen ningún uso es un desperdicio de recursos y la selección natural puede haber operado para regular la expresión de los genes para la lactasa de modo que ésta sólo se produzca cuando se necesita.

Pero un acceso regular a la leche produce la paradoja de disponer de un alimento nutritivo que no puede digerirse adecuadamente por falta de lactasa en el estado adulto (o no lactante). ¡Los humanos que domesticaron el ganado eran intolerantes a la lactosa! La intolerancia a la lactosa acarrea diarrea, gases y calambres abdominales (Heyman, 2006). En ese nuevo ambiente, surgieron por azar mutantes que mantenían la producción de lactasa hasta su edad adulta, lo cual les permitía descomponer la lactosa en glucosa y galactosa, dos azúcares fácilmente asimilables por el organismo. Esos mutantes aparecieron en distintas sociedades ganaderas de modo independiente en Europa y África y las mutaciones implicadas eran diferentes en cada caso. Se han documentado cinco mutaciones diferentes en la región promotora del gen de la lactasa (Wiley, 2018). Además, se ha podido inferir la fecha aproximada de algunas de esas mutaciones, que se remontan al comienzo de la domesticación del ganado, hace 7000-12000 años (Gerbault et al., 2011).

La evolución de la tolerancia adulta a la lactosa, hasta aquí, ya ha acumulado varios aspectos apasionantes. En primer lugar, incluye a unos cuantos “sospechosos habituales” en las explicaciones evolutivas: mutación al azar, condiciones ambientales, un rasgo que varía entre individuos, filtrado ambiental de individuos en función de qué rasgo poseen, valor adaptativo del rasgo; en definitiva, el proceso de selección natural. Es decir, la biología evolutiva proporciona una explicación racional a un fenómeno que de otro modo sería imposible comprender. En segundo lugar, vincula la biología evolutiva no sólo con la fisiología humana y el metabolismo, sino con la historia antigua y con la etnología de grupos como los sami de Escandinavia o los masai del este de África. En otras palabras, te puedes interesar por la evolución biológica desde muchas disciplinas científicas separadas, lo cual es una prueba de que la biología evolutiva es una disciplina integradora, que aúna montones de conocimientos diferentes. En tercer lugar, aporta un componente aplicado solidario, de un modo inesperado. Diferentes etnias muestran distinto grado de intolerancia a la lactosa y ello es relevante para los programas de ayuda humanitaria a países en vías de desarrollo latinoamericanos, africanos y asíaticos. Distribuir leche en polvo en determinados lugares del mundo puede ser contraproducente. ¡Hasta la ayuda humanitaria puede beneficiarse de saber biología evolutiva!

Ahora, el giro inesperado. El relato habitual sobre la tolerancia adulta a la lactosa omite algunos detalles importantes que son necesarios para entender la causa de que se hayan extendido en diversas poblaciones humanas los genes de dicha tolerancia. El primer detalle se refiere a los costes y beneficios implicados. Aunque nunca se hace explícito, la tolerancia adulta a la lactosa parece análoga a la evolución de la tolerancia al gluten, que también evolucionó en el neolítico, con la domesticación de los cereales (Patin & Quintana-Murci, 2008). Pero la intolerancia a la lactosa tiene unos efectos negativos mucho más leves que la intolerancia al gluten. El segundo detalle es que incluso los intolerantes a la lactosa pueden consumir bajas cantidades de leche no fermentada y, desde luego, pueden comer productos lácteos fermentados como queso o yogur, que no tienen lactosa (Wiley, 2018). Por tanto, el balance de costes y beneficios del relato tradicional no parece ser suficiente para explicar la alta frecuencia de genes de tolerancia adulta a la lactosa.

Wiley (2018) propone una hipótesis novedosa: el consumo de leche tras la lactancia aporta IGF-I de modo directo, al tiempo que promueve indirectamente los niveles en sangre de IGF-I. El IGF-I es un factor de crecimiento importante para el crecimiento, la longevidad y una temprana edad de reproducción, tres componentes de la eficacia biológica fundamentales. Esta hipótesis proporciona un beneficio mucho más contundente del consumo de leche que el mero argumento nutritivo. En este sentido, este giro inesperado enriquece el modo en que se contrastan hipótesis científicas y, en concreto, modifica la consideración tanto del mecanismo próximo como de la causa última de la evolución de la tolerancia adulta a la lactosa. A quien tenga necesidad de conocimientos seguros y cierto apego a las “just so stories” (sensu Gould & Lewontin, 1979) estos giros inesperados le pueden producir cierto desasosiego, pero una manera más positiva de verlos es su gran contribución a fortalecer el desarrollo del pensamiento crítico. La biología evolutiva tiene, pues, ese aliciente intelectual y pedagógico añadido.

Postdata: como comentario al margen, esta entrada reivindica a The Quarterly Review of Biology, que no es tan conocida en la comunidad científica dedicada a la biología evolutiva, pero que publica auténticas perlas, como la de Wiley (2018). Vale la pena añadirla a esa lista de revistas evolutivas con alto contenido conceptual como EvolutionTrends in Ecology and EvolutionProceedings of the Royal Society B o Biological Journal of the Linnean Society.

Referencias

Gerbault, P.; Liebert, A.; Itan, Y.; Powell, A.; Currat, M.; Burger, J.; Swallow, D. M.; Thomas, M. G. (2011). Evolution of lactase persistence: an example of human niche construction. Philosophical Transactions of the Royal Society B 366: 863-877.

Gould, S. J.; Lewontin, R. C. (1979). The spandrels of San Marco and the Panglossian paradigm: a critique of the adaptationist programme. Proceedings of the Royal Society of London B 205: 581-598.

Heyman, M. (2006). Lactose intolerance in infants, children, and adolescents. Pediatrics 118: 1279-1286.

Patin, E.; Quintana-Murci, L. (2008). Demeter’s legacy: rapid changes to our genome imposed by diet. Trends in Ecology and Evolution 23: 56-59.

Wiley, A. S. (2018). The evolution of lactase persistence: milk consumption, insulin-like growth factor I, and human life-history parameters. The Quarterly Review of Biology 93: 319-345.

¡Atrévete a saber!: la senda hacia el pensamiento crítico

En su libro En defensa de la Ilustración, Pinker (2018) apoya el espíritu ilustrado que se resume en la frase de Kant “¡Atrévete a saber!” y propugna la libertad de pensamiento. Lo malo de estas consignas es la defectuosa comprensión de buena parte de la ciudadanía sobre lo que constituye “saber” y “pensamiento”. Con frecuencia se interpretan como la aceptación de todo tipo de opiniones, desde la existencia de OVNIs a cualquier teoría conspiratoria, y se considera “libertad de pensamiento” la admisión sin crítica de cualquier proposición. Estas interpretaciones proceden, a veces, de la aplicación de una idea bienintencionada por el respeto a las opiniones ajenas. Pero que todas las opiniones merezcan respeto no quiere decir que todas sean correctas o defendibles. Por tanto, es fundamental transmitir a la sociedad en qué consiste saber o conocer algo. Pensamiento tiene varios sentidos, desde fantasear o imaginar a opinar y creer, pero también se refiere al pensamiento racional, o sea, a la consideración pausada de ideas.

El pensamiento crítico consiste en usar la razón para ponderar la validez de diferentes afirmaciones u opiniones. En otras palabras, consiste en usar la razón para enfrentarse a la duda o la incertidumbre. Pero muchas personas no saben cómo tratar racionalmente con la incertidumbre (Nelson, 1994). Las etapas definidas por Perry en los años 70 del siglo XX para evaluar la madurez de los estudiantes universitarios (Nelson, 1994; Nilson, 2010) son muy útiles como guía para desarrollar el pensamiento crítico. La etapa inicial es el dualismo, que divide la realidad en categorías polarizadas como bien-mal, verdadero-falso (Nelson, 1994; Nilson, 2010). En esta etapa, no es necesario tomar decisiones porque se acepta la autoridad. Lo que se acepta como cierto viene dado por lo que haya dicho alguien con autoridad intelectual, como Aristóteles o Einstein. Esta posición se debilita cuando se constata que un problema puede no tener una solución única o sencilla, o que existe controversia o incertidumbre. En esa tesitura, muchas personas pasan a la etapa de multiplicidad, que lleva a poner en duda el criterio de autoridad, y que desemboca en una tercera etapa de relativismo, según la cual todas las opiniones son igualmente válidas (Nelson, 1994; Nilson, 2010). Sin embargo, para pasar al pensamiento crítico a partir del relativismo debe reconocerse que, a pesar de la incertidumbre, todavía es posible discriminar entre opiniones (Nelson, 1994). Para ello se utilizan los argumentos a favor y en contra de cada una de las posturas. Esto lleva a una cuarta etapa de compromiso (Nilson, 2010) en la cual es posible alinearse con una posición, sobre la base de la solidez de los argumentos que la sustentan. Este compromiso es siempre condicional y puede adoptarse otra postura si se aportan nuevos argumentos que hagan cambiar el peso de la evidencia hacia otra de las propuestas posibles.

Lo interesante de la propuesta de Perry para atreverse a saber es que identifica etapas más y  menos válidas para enfrentarse a la incertidumbre, y distingue entre la mera aceptación de la autoridad o la opinión no meditada, de un pensamiento más racional. De ese modo, proporciona herramientas, como la valoración de argumentos, para alcanzar las etapas más avanzadas de madurez intelectual. Por supuesto, valorar la evidencia en favor de una propuesta requiere ciertas habilidades, pero esto ya es material para otra entrada. De momento, cada cual puede examinar en qué etapa se encuentra y ponerse a trabajar si le hace falta saltar a otra.

Referencias

Nelson, C. E. (1994). Critical thinking and collaborative learning. New Directions for Teaching and Learning 59: 45-58.

Nilson, L. B. (2010). Teaching at its best: a research-based resource for college instructors, 3ª ed. Jossey-Bass, San Francisco, CA.

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